ROLL RIVER ROLL…

Publicado: 3 enero 2013 en La Rebelión De Las Masas

Recuerdo la primera vez que sentí el sabor de la sangre. Recuerdo que me gustó. Y la primera que me embadurné de barro hasta las rodillas; llevaba unas zapatillas rosas desgastadas por la lejía. Recuerdo ser feliz durante un corto período de tiempo: esa felicidad inocente y estúpida causada por la ausencia de preguntas, de respuestas, de explicaciones y supuestos. Recuerdo la primera picadura de una avispa y el pensamiento inmediato de que era normal sentir dolor porque era un bicho muy feo. Recuerdo que me contaban una historia sobre un bosque y un asesino que atraía a niños ofreciéndoles erizos de chocolate. Recuerdo el cuento de Pinocho y especialmente la escena donde Pinocho estaba muerto de hambre pero no podía comer porque los albaricoques eran de alabastro y el pollo de cartón piedra.

Recuerdo la primera vez que sentí placer al ponerme una camiseta y rozar ésta mis pezones. Recuerdo a alguien cantando mucho antes de recordar la música. Recuerdo que decidí ser vagabunda antes que princesa. Y recuerdo el momento exacto en que descubrí que la golfería era un suicidio social y cómo  a pesar de todo firmé un contrato con ella de por vida; curiosamente, no recuerdo la letra pequeña de aquello y ahora tampoco me interesa. Quizá debería haberme buscado un notario emocional, pero señoría, la culpa es mía y sólo mía.

Recuerdo la primera injusticia, la primera capa de la cebolla, la primera habitación de mi memoria, que en aquellos tiempos era sólo una fonda de mala muerte y ahora es un hotel de mil estrellas con su lema plastificado  “Reservado el derecho de admisión”. Recuerdo mis primeras botas altas, de ante negro, ajustadas y la sensación de poder que me provocaron. Y esto a su vez me hace recordar una madrugada en cierto antro de Madrid donde un personaje me explicaba su fascinación por el crashing y cómo se excitaba cuando una dominatrix aplastaba con su tacón de aguja escarabajos, cucarachas, y resto de bichos crujientes. Había llegado a pagar hasta 1000€ a señoritas de afecto negociable por satisfacerle de esta manera.

Recuerdo descubrir que sólo cuando has estado muy abajo puedes subir hasta el ático y quedarte a vivir en él. Recuerdo descubrir la receta del  sexo: una parte de obsesión, 2 partes de necesidad, 3 gotas de vicio absoluto y se sirve flambeado con una rodaja de horas intempestivas y 2 hielos de sitios inusitados; no se recomienda mezclar con amor porque desvirtua el efecto. Recuerdo el sabor del sexo: especiado, picante, salado;  resina, pimentón y madera. 3 ofrendas dignas del cualquier rey que venga de oriente, occidente o del polo norte. Recuerdo la nariz de Javier olfateando mi sujetador y repitiendo extasiado un “pero cómo puedes oler tan bien, es que me estoy volviento loco”, aunque -de nuevo curiosamente- sea incapaz de recordar cómo olía él. 

2013-01-03

Recuerdo mi fascinación por la relación entre hormonas y caídas de principios. Y de normas. Y de promesas. Recuerdo el libro donde aprendí la frasde de que las promesas son como una tarta, fáciles de hacer y de romper. Recuerdo que estaba forrado con un papel horroroso a rayas azules y rojas porque no quería compartir el título con nadie.  Hace 30 segundos he recordado que eso me sigue pasando; no me gusta compartir con la masa mis pequeños descubrimientos, pero  me rodeo de mentes inquietas y practicamos el noble arte del trueque intelectual, moral, pasional, sexual, y casi todo lo que acabe en -al.

Recuerdo la primera vez que escuché en directo”Strangelove” de Depeche Mode. Y recuerdo en qué país estaba cuando vi a The Cure. Y a quién me follé la noche de mi primer concierto de Dire Straits. Recuerdo las caderas de una rubita potente mientras Bono de U2 sudaba como un cerdo interpretando “Sunday Bloody Sunday” y recuerdo la noche exacta en que el nen hizo que me enamorara de Ólafur Arnalds; llovía despacio y estaba en penumbra, sólo faltaba el neón parpadeante de las novelas de detectives privados alcohólicos y guapos. Recuerdo a Luis pasándome canciones; algunas para enamorar a sus lagartas, especialmente “Mi coco” de Los Piratas y otras como “My Iron Lung” de Radiohead para contarnos cosas sobre lo hijas de puta que somos las tías y los cabrones que son los tíos. Recuerdo canciones como “Un buen día” de Los Planetas que es la mejor UVI móvil para corazones enmohecidos y recuerdo que siempre llevo conmigo “Don’t stop me now”.  Porque los recuerdos son caricias y arañazos de la memoria. Los amarás y odiarás a partes iguales. No tenemos botón de reset. Ni siquiera la opción de c://delete all.

Recuerdo simulacros de amistad que no me llegaron a sorprender pero sí a fascinar. La última noche del año alguien me recordó la envidia disfrazada de admiración. Recuerdo la primera vez que hice un Grimtooth. Recuerdo que hace 2 días escribí una lista de palabras cuya pronunciación me encanta: seda, medianoche, sensaciones, versatilidad, náyade, asura, velvet, cute,  loyalty, fate, doux, plaisir, pamplemousse, amaki, bushido, niwa, hone, mikan…

Recuerdo la primera vez que fui reducida a polvo y lágrimas. Recuerdo que pensé que era como un jarrón roto; que podía pegar los trozos, pero, o bien vería las juntas o, si no se vieran, yo siempre sabría  que una vez se rompió.   Y hablando de romper, recuerdo que fue un domingo por la tarde cuando me rompieron la nariz de una bofetada. Recuerdo que el lavabo era de color marfil y que la sangre fluía a borbotones, toda una rave de eritrocitos, leucocitos y alguna que otra plaqueta intentando colarse en la fiesta con calcetines blancos. Recuerdo el dolor porque me hace sentir viva.  Y recuerdo la primera vez que busqué  sinónimos para “vivir” y me topé con “subsistir, coexistir, respirar, sobrevivir, durar, ser, estar, existir”.

Yo añadiría resistir.

comentarios
  1. MOOG dice:

    En los años sesenta, la ciéncia buscaba la célula abuela. Se decía que en el cerebro podría haber una célula que contuviera toda la información relativa a nuestra abuela. En realidad, no existe tal cosa, afortunadamente, porque de lo contrario, bastaría con destruir una única célula para que se perdiera definitivamente un recuerdo. De hecho, un recuerdo no está fijado en un lugar preciso del cerebro, se trata de una reconstrucción que hace en un momento determinado el lóbulo frontal.
    Cuando pensamos en alguien o algo , si evocamos su cara, se trata de una tomada de los recuerdos visuales. Si pensamos en su voz, sería un recuerdo auditivo. Si recordamos su perfume, uno olfativo. Si evocamos los paseos con el/ella, el recuerdo sería visual y espacial. Reconstruir el recuerdo en un momento determinado es la tarea del lóbulo frontal, que recupera las informaciones necesarias en otras áreas del cerebro (auditivas, visuales, gustativas, olfativas…).
    En realidad, parece que, cuando adquirimos una información, una vez procesada en el circuito de Papez, esta vuelve a las áreas donde se percibió inicialmente. Pero cada una de esas áreas no representa más que un elemento del recuerdo. Y, para reconstruirlo completamente, es preciso reunir todos esos elementos.
    Los recuerdos no desaparen nunca o difícilmente, ya que es casi imposible borrar todos los elementos que los componen. Esto explica, también, por qué, a veces, no tenemos más que recuerdos parciales: hoy podemos ser incapaces de recordar el perfume de nuestra abuela, pero es muy probable que dentro de unos días sí lo consigamos.

    Mi recuerdo auditivo simpre ligado a tí.

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