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Mi palacio de la memoria tiene las cortinas ajadas y polvorientas. Sopla cierto aire gélido como de cristal roto maldiciendo otros 7 años de tu vida.

Me acuerdo de Nathan al ver sus fotos perdidas entre destellos de mi vida. Era tan guapo que dolía. Lo más atractivo de él era precisamente su ignorancia respecto a su belleza; nunca supo lo extremadamente perfecto que era. Aún esta noche observo su perfil, su sonrisa, la línea de su barbilla y me estremezco. Una auténtica belleza. Fui su primera vez de muchas cosas. Hábil en el juego, dulce en  privado y algo quemado en el fondo. Quiero que tenga suerte en todo y mataría a cualquiera que le hiciera daño, a pesar de que creo ser precisamente yo el final más dañino. Él me odia, pero yo le sigo adorando desde lejos, y su devoción, su amor y su deseo será una de las cosas que se vendrán conmigo cuando todo se acabe. Como “Miss Independent” de Ne-Yo.

Cristina era sexy, rotunda, bajita y estaba muy confundida. Durante 1 año entero me persiguió de turno en turno de trabajo buscando una señal, una revelación y quizás una cita. No recuerdo qué noche sucedió, pero sé que fue una noche. Todo lo bueno pasa de noche. Como “A night like this” de The Cure. La presión de su cuerpo cuando se sentaba encima de mí en los momentos performance de las fiestas de aquella empresa es otro de esos recuerdos que tiene habitación propia. Nunca pasó nada, y siempre me dijo -y me dice- que soy su única cuenta pendiente. Es de las pocas personas de las que me sé su teléfono de memoria y sólo lo he marcado un par de veces a pesar de toda nuestra intensidad.

Xabi era alto, desgarbado y melancólico. Una reencarnación de Lou Reed. Como “Almost Blue” de Chet Baker. Locales de paredes oscuras salpicadas de neón. Horas de aeropuertos y sábanas de hoteles cómplices de los instintos más primarios. El único que se atrevió a regalarme un perfume carísimo sin saber si me iba a gustar. “Es como tú”-me dijo, “extraño, huele bien y nunca lo había visto antes”. Se me ocurrió pintarle con mi barra de labios y llenar sus pestañas de un rímel negro como un final digno de Philip Marlowe. Me envolvía en música antes, durante y despues de cada intento, de cada tragedia, de cada sorpresa. Fue el primero al que regalé rosas blancas. Sólo ha habido un segundo más.

Alex me tocó una madrugada los primeros acordes de “Miracle of love” de Eurythmics con su guitarra a través de un teléfono. 3 minutos antes le había dicho que era uno de mis punteos favoritos. Recuerdo que se hizo un silencio y al poco empecé a escuchar ese rasgueo nostálgico. Es la única persona que he conocido que había leído el libro de la niña Beba que hablaba con su abuela sin que los adultos supieran que era un bebé que charlaba por los codos. “Y también he léido Jim Botón y Lucas el maquinista, qué te crees”me reprochó. Su belleza residía en su cerebro. Una especie de Arthur Miller con un deportivo negro donde paseaba a las bellezas rurales de cierta localidad. Frágil y estúpido en un 60-40%. A veces echo de menos la activación mental que tenía lugar en nuestros contactos.

Pedro fue la línea de salida. La primera competición. Con los ojos verdes como un gato experimentado y algo canalla. Me recogía a las 4 de la mañana, me daba un beso y me dejaba en casa. La primera vez  estuvimos sin comer 2 días; no había tiempo, ni ganas ni necesidad. Tenía un sofá verde oscuro, como musgo en medio del salón, donde yo dormía sin recuerdos, inmersa en una especie de paz temporal, como el ronroneo de una lavadora o el tacto de toallas cálidas y secas. Me regaló una esmeralda traída de Colombia que había comprado 3 años antes de conocernos. Yo le di muchas capas de mi cebolla y más sexo aún. Su médico me insistió en que no podía ser todo tan intenso.Una noche, me dijo que no a una petición, y fue la decisión más sensata que he visto tomar a alguien en mi vida. Sin embargo, una mañana sonaba en la radio del coche “19 días y 500 noches” de Joaquin Sabina y me lo dijo: “eso me va a pasar a mí; cuando esto se acabe, tardaré en olvidarte 19 días y 500 noches”. Me sacaba 14 años y tenía razón. Como siempre.

El palacio de la memoria me recuerda que quedan 5 minutos antes de cerrar. El camino se vuelve más oscuro y profundo y los pasos quedan amortiguados. Aparecen las 2 últimas estancias; las más grandes. Pero no debemos tentar a la suerte.

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Llevo semanas en las que -día a día- pienso o recuerdo algo y me digo que sería perfecto para empezar una entrada en este blog. Quizá debería tomar notas, pero la premeditación no me apasiona y las trampas tampoco.
No sé quién lee el blog, pero lo más seguro es que sea alguien que ha caído de rebote poniendo alguna palabra o frase en un buscador y se quede porque la curiosidad es muy amiga del tiempo libre; o porque zambullirse en palabras ajenas es muy terapéutico. En este momento sólo puedo desgranar pensamientos de manera desordenada, aunque como diría Charlie Crews, «todo está conectado».

Hoy he cometido un error. Uno de los más graves. Yo lo llamo “tirar de nostalgia”.

Por cosas que no vienen al caso, he releído mails desde 2005. De mucha gente; de unas personas más que de otras. Todos éramos más altos, más guapos y más interesantes. Todos hicimos promesas y pedimos deseos. Todos imaginábamos y soñábamos con dragones  que han resultado prácticamente imposibles de vencer. Y todos seguimos cruzando furtivamente el callejón hacia el lado oscuro.

Una de esas personas me prometió lo imposible: que lo nuestro siempre sería especial independientemente de las compañías de la vida. Una promesa frágil como un copo de nieve que se ha disuelto antes de rozar el suelo. Yo profeticé un «cuando te eches novia nuestra relación de intensa amistad se acabará y te limitarás a enviarme un WhatsApp por mi cumpleaños y otro por navidad» y tuve que escuchar un “jamás” repetido de mil formas distintas aún a sabiendas de que no era verdad. Pero la profecía se ha cumplido y de una forma dolorosa y melancólica. Porque cuando tú construyes una torre, lo último que pones es la princesa y el dragón, y lo primero es el foso, el puente colgante y la puerta. Cuando has colaborado en la creación de una obra de arte desde el inicio, luego te parece increíble el olvido final.

Aquí debo aclarar que soy terriblemente idealista; que creo que las parejas, maridos, follaamigas, etc. pasan y que la amistad es uno de los pocos nexos indestructibles que deberían quedar. Y no hablo de una amistad de facebook, de 4 días o de esas de “conocidos”. Hablo de algo grande, desde los inicios de etapas importantes de vida, de confesiones a horas intempestivas, de peticiones insólitas, de broncas intensas, de millones de mensajes absurdos, de intercambios constantes de sucesos, de vivencias, de dolor, de furia, de deseo… Es absurdo intentar plasmar todo eso aquí.

Lo que me sorprende es la capacidad de resetear, de olvidar y anular. Entiendo que es como un castigo, aunque aplicado de manera incorrecta y a la persona equivocada. Lo peor de todo es la nostalgía. Sólo echas de menos lo que -y a quien- has conocido y respirado. No está bien desvelar todos tus secretos ni darte al 100%. No, no y mil veces no. Porque la decepción te acaba esperando al final del camino para pegarse a ti y sacudir todas tus sensaciones. Entras en el bucle de “no lo entiendo, con todo lo que hemos compartido y, sobre todo, pasado”.

Quizá en eso está la clave. Que la gente prefiere vivir de manera establecida y simple, dejando a un lado las cosas y personas complicadas. Gente feliz con su sofá Klippan de Ikea, con cenar y follar en secuencia clásica -mucho al principio y poco al final-. La verdad es que me decepcionaría, pero llegados a este punto… Cuando alguien puede vivir sin acordarse de ti, ¿qué sentido tiene lamentarse?. Yo echo de menos a esa persona algunos días y todas las noches. Me siento agrietada y árida; con esa tristeza que te asfixia a deshoras y sin farmacia de guardia cerca.

Quizá la culpa es mía porque yo vivo en la más absoluta independencia y considero que lo que siento es suficiente sin tener que estar expresándolo cada 20 segundos. A veces me ha echado en cara eso de “parece que no te importa” o “llevo X sin saber nada de ti”. No hablar con alguien en días o meses no significa -en mi manual de instrucciones- que no pienses, desees, cuides u odies a esa persona. Al igual que yo necesito un amplio espacio para moverme y respirar, entiendo que los demás agradecen lo mismo. Aunque ya creo que no; es como si a la fuerza he tenido que entender que necesitan de cercanía con una palabra, un icono o un sonido. Aún así, hay protocolos que siempre hemos cumplido, y esta es la primera vez que los ha roto. Me siento decepcionada y atravesada por la incredulidad y por vocecitas susurrando constantemente un “tú lo profetizaste; ahora, ¿de qué te quejas?”.

Quizá es porque llevo mal este tipo de dolor; cuando bajas la guardia y te implicas te vuelves vulnerable y añades una capa más de keratina al caparazón. Quizá por eso las tortugas viven tanto.

Quizá es que hay gente que se apunta una carrera y queda a la mitad, dándole igual llegar a la meta.Yo, por el contrario, siempre sigo hasta el final y ni siquiera contemplo la posibilidad de perder.

Quizá es que mi sentido de la lealtad no es el mismo que el del resto.

Quizá es que esto ya no era suficiente.

Quizá es que ya no suena la música.

 

P.d. La canción fue uno de sus últimos regalos. Me encantó, pero me enamoré de las notas del arpa, como si fuera la melodía de una caja de música con una  trágica historia. Lo más gracioso -y quizá lo más triste también- es que no va a leer esto.

Hace 4 años, el Nen me dejó este comentario, y creo que es TAN, TAN apropiado para esta noche, que lo he recuperado para poder dormir con un un 2% de tranquilidad.

“En los años sesenta, la ciéncia buscaba la célula abuela. Se decía que en el cerebro podría haber una célula que contuviera toda la información relativa a nuestra abuela. En realidad, no existe tal cosa, afortunadamente, porque de lo contrario, bastaría con destruir una única célula para que se perdiera definitivamente un recuerdo. De hecho, un recuerdo no está fijado en un lugar preciso del cerebro, se trata de una reconstrucción que hace en un momento determinado el lóbulo frontal.
Cuando pensamos en alguien o algo , si evocamos su cara, se trata de una tomada de los recuerdos visuales. Si pensamos en su voz, sería un recuerdo auditivo. Si recordamos su perfume, uno olfativo. Si evocamos los paseos con el/ella, el recuerdo sería visual y espacial. Reconstruir el recuerdo en un momento determinado es la tarea del lóbulo frontal, que recupera las informaciones necesarias en otras áreas del cerebro (auditivas, visuales, gustativas, olfativas…).
En realidad, parece que, cuando adquirimos una información, una vez procesada en el circuito de Papez, esta vuelve a las áreas donde se percibió inicialmente. Pero cada una de esas áreas no representa más que un elemento del recuerdo. Y, para reconstruirlo completamente, es preciso reunir todos esos elementos.
Los recuerdos no desaparen nunca o difícilmente, ya que es casi imposible borrar todos los elementos que los componen. Esto explica, también, por qué, a veces, no tenemos más que recuerdos parciales: hoy podemos ser incapaces de recordar el perfume de nuestra abuela, pero es muy probable que dentro de unos días sí lo consigamos.

Mi recuerdo auditivo simpre ligado a tí.”

 

READY OR NOT…?

Publicado: 29 noviembre 2016 en La Rebelión De Las Masas

¿Dónde está el príncipe azul cuando las noches te asfixian?

¿En que caja polvorienta y maltrecha escondes las promesas que te hicieron e hiciste?

¿Por qué las mariposas de tu estómago se han transformado en mantis religiosas ?

¿A cuánto malvendes la dulzura de tus recuerdos?

¿Quién profana el final de aquella espalda que sólo tú arañabas?

¿Desde cuándo eliges la carta del diablo en una tirada de tarot?

¿Es cierto que guardas tres segundos al día sólo para  recordar su sabor cálido y salado?

¿Cuántas veces has escrito un mensaje y lo has borrado sin enviar?

¿Por qué el verde es el color más gastado de tu caja de lápices?

Él me dijo que no lo hiciera.

Yo levanté la mirada, pestañeé lentamente y suspiré desde abajo, desde el estómago.

Continuará.

A veces te encuentras en ruinas en casi todos los aspectos de tu vida, y encima, si miras alrededor, a todo el mundo le va mejor que a ti.  La auténtica verdad es que nadie es tan guapo, tan alto y tan delgado como en sus fotos de Instagram, pero tú estás en un bache lleno de barro y ellos cruzan la ruta 66, sonriendo con el pelazo al viento mientras de fondo suena “San Francisco” de Scott McKenzie.
De aquí pasamos al bonito mundo de las contradicciones, al “te quiero pero estoy saliendo con otra”, “yo no te digo que trabajes 12 horas pero tampoco quiero quejas del cliente”, “me gusta la luz cálida pero compro bombillas blancas”, “las cosas nunca van a cambiar”, etc. Y así todo el rato, con promesas frágiles como tartas que se desmoronan ante el egoísmo de una nueva vida. Y yo, que siempre he sido más golfa apandadora que princesa Disney, observo con cierta melancolía desde la barrera los pobres intentos por colarme goles y venderme películas que no querrían ni en los videoclubs de barrio de finales de los 80. Miles de horas desplazadas en segundos por la novedad. Tiene gracia, y, si algún día me pilláis de buen humor, os escribiré el por qué. Citando a mi querido Rober: “no puedo con la estulticia”.
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Mientras todo esto sucede, me dejo acunar por las posibilidades y por la sensación de estar siendo coherente conmigo misma, aunque siempre me queda en el fondo ese regusto amargo de tener que pelear y defenderlo todo. Es como si nunca fuera suficiente, como si la vida a veces se presentara voraz e insaciable, siempre masticando y tragando, inexorable y lenta, acechando en cada esquina y acto.
Tengo una doctora que dice que las decisiones hay que tomarlas con la mente fría y bla,bla,bla. No dudo de su razón, pero dependerá de tu forma de ser, ya que creo que alguien visceral nunca tiene la cabeza fría del todo. Si es malo o bueno, eso sólo lo saben las personas implicadas, y lo mismo para las personas poco empáticas y afectuosas.  Pestañeamos hasta casi 20 mil veces en un día y prácticamente tomamos las mismas decisiones. La pena es que apenas somos conscientes de lo segundo y claro, así nos va.
Quizá ha llegado ese momento en que nuestros demonios necesitan un infierno más grande.

KARTUM…

Publicado: 1 febrero 2016 en La Rebelión De Las Masas

Hace años una persona me propuso matrimonio a diario durante los dos años y medio que duró nuestra relación. No falló ni un día salvo los 5 últimos.

Desde los 7 años he escuchado música a diario. Echad cuentas.

Sólo he tenido una muerte en mi entorno personal y me destrozó para siempre. Cuando pienso en ello me falta el aire y no sé por qué, pero siempre imagino apuñalar un lienzo y rasgarlo de arriba a abajo, notando cómo se rompe cada fibra al paso del cuchillo, expresando el sonido del dolor.

La confesión más extraña que me han hecho fue una madrugada loca, en la barra de un local de Chueca; una chica de unos 30 años, a la que me habían presentado horas antes, me dijo que le excitaban sexualmente los niños. Sobre todo si llevaban calcetines cortos blancos de encaje. Que se lo había contado a su familia y de acuerdo con ella, habían decidido ingresarla en un centro específico de cierta ciudad castellana. Se marchaba en 15 días y nadie de su entorno sabía nada. Ella se «maldecía» a diario; tenía pánico y se mantenía alejada de los críos. No entendía por que le sucedía y buscaba muchas respuestas. Me dijo que me lo había contado porque le inspiraba confianza aún sin conocerme de nada. Pedimos 2 vodkas y le dije que me parecía muy valiente por enfrentarse al problema. La última vez que la vi -esa misma noche- se enrollaba con mi amiga Cris y ambas intentaban seducir a Martin -otro amigo- en un sofá desvencijado.

Odio la canela. Y odio que en los postres la gente sirva siropes, nata, caramelo, toppings y demás mierdas de esas.

Me llevo mucho mejor con los hombres. El problema son sus parejas y los celos, pollos, performances y demás situaciones que acompañan. Tanto que aburren y me da mucha perecita quedar con determinadas personas. Aquí incluyo a esos pobres carentes de personalidad que escuchan y asumen a diario la frase «no quiero que vuelvas a hablar con X». Señores, un poco de fiereza en la vida y quizás también unas gotas de amor propio.

Mola sorprender. Tal y como explica Sean Connery en «Finding Forrester», yo también me pongo los calcetines del revés. Un mucho por comodidad y un poco por rebeldía. Aún así, preguntad a montañeros de verdad y veréis que, en su mundo, es de lo más normal.

Fangoria cantaba eso de «Mientras tanto, miro la vida pasar…» y justo eso es lo que hago yo a través de vuestros estados y fotos de WhatsApp. ¡Qué culebrones! ¡Qué subidas y bajadas de testosterona y progesterona! Es como retornar al instituto y a los 14 años.

Siempre me han atraído las profundidades. “Entre sombras escucho…” que escribió Keats (os recomiendo la VO, “Darkling I listen….”, Ode to Nightingale). Quizá por eso me identifico tanto con Dorian Gray. Lo que me salva es no tener el dinero suficiente para dedicar parte de mi tiempo a esas profundidades. Si lo tuviera, sería terrible porque siempre habrá algo nuevo que probar o alguien nuevo a quien corromper. A veces (ahora mismo, de hecho) me he preguntado si por eso soy una mala persona, pero no consigo definir o encontrar una respuesta clara y completa. ¿Es ilícito o inmoral querer ir más allá o hacer que alguien renuncie a sus teóricos principios o creencias?. Me vais a hablar de respeto, claro, pero… ¿y si yo sé que esa persona o situación realmente quieren ir más allá?. ¿Libre albedrío?, sólo para lo que nos interesa. Detecto anhelos en la gente que me rodea; en el trabajo, en las señoras que viajan conmigo en el autobús, en los que hacen cola en el súpermercado… la gente cree que no, pero cuando dices las palabras adecuadas ves destellos vidriosos en el fondo de sus ojos que sólo tienen una traducción: “quiero más”. ¿Está mal mostrarles el inicio el camino de baldosas amarillas?.

Últimamente no me ubico. Me sorprendo a veces divagando sobre conceptos demasiado grandes. Sin embargo, cada vez me encuentro más incómoda con los pequeños obstáculos cotidianos. Si me apuráis, más harta que incómoda. Veo mucha mediocridad que día a día que me succiona energía vital y me exaspera a partes iguales. Sé que no todo el mundo va a entender la frase, pero a veces me cuesta mucho vivir.
No sé. Yo, que he desafiado océanos, ahora me ahogo en charcos.

UNFORGETTABLE TOO…

Publicado: 16 noviembre 2015 en La Rebelión De Las Masas
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«Un día voy a escribir todo lo que siento. Y vas a leerlo y a preguntarte si se trata de ti. Y probablemente sí. Y posiblemente ya no».

«Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena;a nadie el gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ese es el precio que tienes que pagar: la soledad».

«Se puede matar todo menos la nostalgia (…) la llevamos en el color de los ojos, en cada amor; en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña».

«In me omnis spes mihi est».

«Te vi follar y fallar y no sé cuándo me gustaste más: cuando te contemplé proclamándote diosa o cuando te observé confesándote humana»

P.D. Se avecina tormenta…