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BELLE DE JOUR…

Publicado: 20 febrero 2009 en La Rebelión De Las Masas
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14022009

Echo de menos los amaneceres laborales tras un fin de fiesta. Esos miércoles, jueves y viernes, regresando a casa a las 10 de la mañana, con el sol señalándote a cada paso.

Me cruzo con gente que va a trabajar, señoras que van a hacer la compra, niños de excursión al museo de turno… mientras yo camino refugiada tras las gafas de sol, vestida de negro inmaculado y tarareando despacito la última canción del último garito que he pisado.

El peor momento de esas noches es cuando salgo de la oscuridad del local y la vida me dice “buenos días” antes de cegarme con su pastosa claridad. No sé cómo ni por qué, pero todos los colores parecen más intensos. Y no, no es el efecto de las drogas. Hay una hora prudencial para todo y no es elegante drogarse después de las 6 de la mañana.

El momento puerta es crucial. Es cuando cruzo las últimas frases, besos y algún que otro mordisco. Es el momento de decidir si voy a dormir o no sola; el momento de hacer que el tímido ese que me han presentado me mire con un interrogante en cada pupila. Personalmente prefiero estar acompañada y dormir sola. El momento puerta también sirve para definir momentos posteriores, para colocarme el pelo, subirme la cremallera del abrigo, limpiarme la cara y parecer una niña buena mientras sonrío inocentemente y me buscan un taxi.


El momento taxi es agridulce. Como he dicho antes, voy tarareando lo último de Tiga y el señor taxista se emociona con la Cope mientras trata de hacerse el simpático con preguntas tipo “¿Qué, de fiesta?”, “Una chica tan guapa como tú y vuelves solita… eso será porque quieres mujer !!!!!” y demás lindezas que emocionarían a cualquier mujer perteneciente a la sección femenina de las JONS. Pero no a mí.

Y mientras me pierdes entre el tráfico y la gente borrosa a través del cristal, respiro hondo y noto la congestión de la fiesta instalada en mi nariz y garganta. Y el pelo y la ropa me huelen a tabaco y a golfería. Y los pies protestan por llevar encima de esos tacones casi 12 horas. Y no me molesta. Pero estoy deseando llegar a casa para darme una ducha y renacer de nuevo.

Y suena el móvil. Y no conozco el número. O me suena pero no termino de asociar. Y es esa persona que he conocido hace 5 horas que dice que sólo llama para decirme hola. Y el taxista cabrón baja la radio para enterarse de la conversación. Y contesto con monosílabos misteriosos. Y se me agota la batería y pienso que me da igual.

Y llego a mi destino, zas, en toda la puerta de tu edificio. Pago al taxista con un billete de 20 euros que al sacarlo se chiva de mis actividades nocturnas. Y el taxista se despide con un libidinoso “a ver si te recojo otro día” mientras me mira las piernas al salir del taxi. Y toso ligeramente, respiro y consigo que algo de aire laboral me entre a los pulmones. Y la gente me mira; algunos con envidia y otras con desprecio.

Y decido lucirme un poco más. Decido ir al kiosko de la esquina y comprar el último número de El Jueves que esta semana tiene a Rajoy en la portada. Y entro en mi edificio mientras mi portero me dice “Buenos días, Mery” sonriendo de forma cómplice porque sabe qué tipo de noche he disfrutado, y es maravilloso porque sabe que hoy no debe entretenerme con conversaciones nimias.

Y entro en el ascensor, que amortigua el sonido de mis tacones y espero a escuchar el sonido que me indica que estamos en las alturas. Y la gruesa alfombra que hace de camino de baldosas amarillas me lleva hasta la puerta de mi casa.

Y abro la puerta y el silencio es reconfortante…

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Me pregunto qué colonia lleva. Si duerme boca abajo o tiene insomnio. Me pregunto si empieza a leer los periódicos y los comics por la última hoja. Quiero saber su reacción cuando le dicen que lleva la etiqueta colgando en ese jersey que compró ayer. Si es de los que en el cine se queda hasta el final de los créditos. Si recuerda lo qué es un Delorean. Me pregunto si ha buscado mi nombre en Google o en ese otro sitio. Me pregunto si, a parte de leer, intuye. Si alimenta día a día su rompeolas: si entiende que no quiero derribarlo, sólo pasear por él. Me pregunto qué descubre en las caras de la gente que ve a diario. Si su inteligencia ha sido medida alguna vez por uno de esos estúpidos tests de las revistas o internet. Si se ha reído al ver el resultado. Quiero saber si ha aullado alguna vez a la luz de la luna. Si ha llorado mientras llovía. Me gustaría saber si se ha sentido libre. Si acaricia el teclado mientras duda en qué responder. Si ha roto el silencio de la noche con un jadeo. Si conoce la honestidad brutal. Si lo primero que hace tras decir “la vida es una mierda” es sonreír. Si lo último que hace antes de entristecerse es decir “no pasa nada, todo está bien”. Quiero saber desde qué edad recuerda el olor del salitre. Saber si se equivocó al leer la galleta de la fortuna. Me pregunto si recuerda el fragmento de una canción que dice “Cómo te retumba el pecho, tranqui solo es mi maltrecho corazón, que se encabrita cuando oye tu voz, el muy cabrón”. Y si recuerda a Sabina diciendo “No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió”

Pero ya sabemos… a preguntas embarazosas… respuestas anticonceptivas…